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11/8/09

Virtudes: amistad

Sin amigos - dice Aristóteles - nadie escogería vivir, aunque tuviera todos los demás bienes.
Las narraciones acerca de la amistad requieren adoptar la perspectiva de los amigos, tomar a los demás en serio.

En las mejores amistades vemos un paradigma moral de todos las relaciones humanas en lo que quizás sea su forma más pura.
Un amigo es algo más que un conocido, y la amistad supone algo más que afecto. La amistad suele surgir de intereses y metas comunes, y estos propósitos se fortalecen con los impulsos benignos que tarde o temprano generan.
Las exigencias de la amistad - franqueza, apertura, capacidad de tomar las críticas de los amigos tan seriamente como sus expresiones de admiración o elogio, lealtad, asistencia al punto de autosacrificio - son potentes estímulos para la maduración y el ennoblecimiento moral (estamos hablando de jóvenes y niños, sobre todo).
En estos tiempos, cuando a menudo resulta tan fácil establecer relaciones informales y cuando la utilidad es tan precipitada y barata, es preciso recordar que la amistad genuina requiere tiempo.
Se requiere un esfuerzo para establecerla, y trabajo para mantenerla. Y aunque sea - como decía C.S.Lewis - la forma menos biológica del amor, es también una de la más importantes.
A propósito, las debilidades buscan la compañía tanto o más que las virtudes. Hay relaciones que no merecen la clasificación de amistad pero que aun así ostentan ese nombre; esa clase de amistad que el ensayista Joseph Addison denominaba "confederaciones del vicio, o ligas del placer" (por favor, recordar que era un hombre que vivió entre los siglos XVII y XVIII).
Nuestros amigos deben ser aliados de lo mejor de nosostros, deberíamos enseñar a los jóvenes (y niños) a reconocer las falsas amistades, a entender que son nocivas, a comprender que refuerzan lo más indigno de nosotros.
Tener amigos es sólo la mitad de la relación, aunque es la mitad que más suele preocupar a padres e hijos. Puede decirse que "los buenos amigos contribuyen a nuestra crianza"; pero el anverso de esta moneda es que uno es el buen amigo, el agente activo que educa al otro.
Extracto de la Etica nicomaquea: quienes comienzan apresuradamente un intercambio de actos amistosos pueden sentir el deseo de ser amigos, pero no lo serán a menos que también sean objetos apropiados de la amistad y se conozcan mutuamente como tales, es decir, la apetencia de amistad puede surgir rápidamente, pero no la amistad misma.




  • Damón y Pitias
Damón y Pitias habían sido excelentes amigos desde la infancia. Cada cual confiaba en el otro como un hermano y cada cual sabía en su corazón que sería capaz de todo por su amigo. con el tiempo llegó el momento de demostrar la hondura de su devoción. Sucedió de esta manera.
Dionisio, el monarca de Siracusa, se fastidió cuando oyó los discursos que pronunciaba Pitias. El joven estudioso decía en público que ningún hombre debía ejercer poder ilimitado sobre otro, y que los tiranos eran reyes injustos. En un arrebato de ira, Dionisio convocó a Pitias y su amigo.
-¿Quienes creéis que sois, para sembrar el descontento entre la gente? -preguntó.
-Yo sólo digo la verdad- respondió Pitias -. No Puede haber nada de malo en ello.
-¿Y tu verdad sostiene que los reyes tienen demasiado poder y que sus leyes no son buenas para sus súbditos?
-Si un rey ha tomado el poder sin autorización del pueblo, eso es lo que yo diría.
-Estas palabras son traición -gritó Dionisio-. Estás conspirando para derrocarme. Retráctate de tus palabras, o enfrenta las consecuencias.
-No me retractaré -respondió Pitias.
-Entonces morirás. ¿Tienes un último pedido?
-Sí. Déjame ir a casa para despedirme de mi esposa y mis hijos, y para poner mis cosas en orden.
-Veo que no sólo crees que soy injusto, sino que además soy estúpido -rió desdeñosamente Dionisio-. Si te dejo salir de Siracusa, no volveré a verte.
-Te haré un juramento.
-¿Qué clase de juramento podrías hacer que me indujera a creer que regresarás?
En ese momento Damón, que había permanecido en silencio, se adelantó.
-Yo seré su garantía -dijo-. Reténme en Siracusa, como prisionero, hasta el regreso de Pitias. Nuestra amistad en bien conocida. Puedes tener la certeza de que Pitias regresará mientras me tengas aquí.
Dionisio estudió en silencio a ambos amigos.
-Muy bien -dijo al fin-. Pero si deseas tomar el lugar de tu amigo, debes estar dispuesto a aceptar su sentencia si él rompe su promesa. Si Pitias no regresa a Siracusa, morirás en su lugar.
-Él mantendrá su palabra -respondió Damón-. No tengo la menor duda de ello.
Pitias obtuvo autorización para irse por un tiempo, y Damón fue a dar a la cárcel. Al cabo de varios días, como Pitias no aparecía, Dionisio no pudo con su curiosidad y fue a la prisión para ver siDamón se errepentía del trato que había hecho.
-Tu tiempo se está acabando -se mofó el monarca de Siracusa-. Será inútil pedir piedad. Fuiste necio al confiar en la promesa de tu amigo. ¿De verás creíste que sacrificaría su vida por ti o por cualquier otro?
-Sólo ha sufrido una demora -respondió Damón sin inmutarse-. Los vientos le han impedido navegar, o tal vez ha sufrido un accidente en la carretera. Pero si es humanamente posible, él regresará a tiempo. Creo en su virtud tanto como en mi existencia.
Dionisio se asombró de la confianza del prisionero.
-Veremos -dijo, y dejó a Damón en sus celda.
Llegó el día fatal. Damón fue sacado de la prisión y conducido ante el verdugo. Dionisio lo saludó con una sonrisa socarrona.
-Parece que tu amigo no ha llegado -rió-. ¿Qué piensas ahora de él?
-Es mi amigo -respondió Damón-. Confío en él.
Y mientras hablaba, las puertas se abrieron y Pitias entró tambaleándose. Estaba pálido y magullado, y apenas podía hablar de cansancio. Se arrojó en brazos de su amigo.
-Estás a salvo, loados sean los dioses -jadeó-. Parece que los hados conspiraban contra nosotros. Mi barco naufragó en una tormenta, y luego me atacaron salteadores. Pero rehusé abandonar mis esperanzas, y logré llegar a tiempo. estoy dispuesto a cumplir mi sentencia de muerte.
Dionisio quedó atónito al oír estas palabras, y sus ojos y su corazón se abrieron. Era imposible resistir el poder de semejante constancia.
-La sentencia queda revocada -declaró-. Nunca creí que tanta fe y lealtad pudieran existir en la amistad. Me has demostrado cuán equivocado estaba, y es justo que seas recompensado con tu libertad. Pero a cambio os pediré un gran servicio.
-¿A qué te refieres? -preguntaron los amigos.
-Enseñadme a formar parte de una amistad tan noble.



  • William Butler Yeats
Aunque te encuentres en tus días radiantes,
con voces en la multitud
y amigos nuevos que te adulan,
no seas engreído ni orgulloso,
y piensa ante todo en los viejos amigos.
La cruel marea del tiempo subirá,
tu belleza perecerá y se perderá
para todos los ojos menos éstos.


  • La flecha y la canción -Henry Wadsworth Longfellow
Disparé una flecha al aire,
y no supe dónde.
Mi vista no podía
seguír su raudo vuelo.

Lancé al aire una canción,
y cayo, no supe dónde.
¿Qué vista podía seguir
una canción por los aires?

Mucho después, en un roble,
encontré una flecha intacta;
y la canción, toda entera,
en el pecho de un amigo.




Nota: Próximo post sobre las virtudes: trabajo.




Clave: El libro de la virtudes, William J. Bennett, Javier Vergara Editor S.A., 1995.

4/8/09

Virtudes: responsabilidad

Responsabilidad significa capacidad de dar cuentas de nuestros actos. La conducta irresponsable es conducta inmadura. Asumir una responsabilidad es indicio de madurez.

Las personas que no han alcanzado la madurez aún no son plenamentes dueñas de sus poderes. Parte de nuestra reponsabilidad por lo que hacemos individualmente o en concierto con los demás varía con las estructuras sociales y políticas dentro de la que obramos, pero en general aumenta con la madurez.

La inmadurez también se prolonga inadvertidamente entre los adultos. Casi todos tienen excusas cuando las cosas salen mal entre los políticos, es común utilizar formas impersonales para evitar la culpa: "Se cometieron errores". Nadie se desvive por asumir la responsabilidad.

Somos responsables por la clase de persona que hemos hecho de nosotros mismos. Aristóteles señalaba, llegamos ser lo que somos como personas mediante las decisiones que tomamos.

Kierkegaard, en el siglo XIX, deploraba el efecto nocivo de las multitudes y las pandillas en nuestro sentido de responsabilidad. "Una multitud - escrito en Mi punto de vista - es de por sí inauténtica, dado que vuelve al individuo impertinente e irresponsable, o al menos reduce al mínimo su sentido de responsabilidad".

San Agustín - en Confensiones - hizo de esta disminución de la responsabilidad ante la presión de los pares un rasgo central de su meditación sobre el vandalismo de su juventud, "todo porque nos avergonzamos de abstenernos cuando otros nos incitan a participar".

Un sentido débil de la responsabilidad no debilita el hecho de la responsabilidad.

Las personas responsables son personas maduras que se hacen cargo de sí mismas y de su conducta. Son dueñas de sus actos y dan cuenta de ellos, responden por ellos.

  • ¿Quién amó más? - Joy Allison
"Madre, te amo", dijo el pequeño John.
Luego, olvidando su tarea, se caló la gorra
y fue al columpio del jardín
y dejo que ella llevara el agua y la madera.
"Te amo, madre -dijo la rosada Nell-,
más de lo que expresan las palabras".
Y pasó tan enfurruñada todo el día,
que su madre se alivió cuando salió a jugar.
"Te amo, madre -dijo la pequeña Fran-.
Hoy te ayudaré todo lo que pueda,
mucho me alegra que hoy no haya escuela".
Y meció al bebé hasta que él se quedó dormido.


Luego, con sigilo, fue a buscar la escoba,
y barrió el suelo y limpió la habitación;
atareada y feliz anduvo todo el día,
tan feliz como una niña puede estarlo.
"Te amo, madre" repitieron,
tres niños yéndose a la cama.
¿Cómo creéis que la madre supo
cuál de los tres la amaba más?



  • La espada de Damocles - texto de James Baldwin, adaptado
Erase una vez un rey llamado Dionisio, que gobernaba Siracusa, la ciudad más rica de Sicilia. Vivía en un elegante palacio donde había muchos objetos bellos y costosos, lo atendía una hueste de criados que siempre estaban prontos a obedecerle.
Naturalmente, como Dionisio tenía tanta riqueza y poder, había muchos en Siracusa que envidiaban su buena fortuna. Uno de ellos era Damocles. Era uno de los mejores amigos, y siempre le decía:

-¡Qué afortunado eres! Tienes todo lo que se puede desear. Debes de ser el hombre más feliz del mundo.

Un día Dionisio se cansó de esas palabras.

-Vamos- dijo -, ¿de verás crees que soy más feliz que los demás?

-Pues claro que sí- respondió Damocles -. Mira tus grandes tesoros, y el poder que posees. No tienes ninguna preocupación. ¿Cómo podría la vida ser mejor?

-Tal vez desees cambiar de lugar conmigo- dijo Dionisio.

-Oh, jamás soñaría con ello. Pero si pudiera gozar de tus riquezas y placeres por un día, nunca tendría mayor felicidad.

-Muy bien: Cambiemos de lugar por un sólo día, y gozarás de ellos.

Y así, al día siguiente, Damocles fue conducido al palacio , y todos los criados recibieron instrucciones de tratarlo como su amo. Lo vistieron con túnicas reales, le pusieron una corona de oro en la cabeza. Damocles se sentó una mesa en la sala de banquetes, y le sirvieron sabrosos manjares. No faltaba nada que pudiera complacerlo. había costosos vinos, bellas flores, raros perfumes y música deleitable. Se apoyó en mullidos cojines, y se consideró el hombre más feliz de la mundo.
-Ah, esto es vida- le suspiró a Dionisio, quien estaba sentado en el otro extremo de la larga mesa -. Nunca he disfrutado tanto.
Y al llevarse una taza a los labios, elevó los ojos al techo. ¿Qué era eso que colgaba allá arriba, un objeto filoso cuya punta casi le tocaba la cabeza?
Damocles se quedó tieso. La sonrisa se le borro de los labios, y su rostro se puso ceniciento. Le temblaron los labios. No quería más comida, ni bebida, ni más música. Sólo quería largarse del palacio, irse muy lejos. Pues sobre su cabeza pendía una espada, sujeta al techo por un mero pelo de caballo. La filosa hoja relucía mientras le apuntaba entre los ojos. Iba a levantarse y echar a correr, pero se contuvo, temiendo que cualquier movimiento brusco partiera esa delgada hebra e hiciera caer la espada. Se quedó petrificado en la silla.
-¿Qué sucede, amigo mío?- preguntó Dionisio -. Pareces haber perdido el apetito?
-¡Esa espada, esa espada!- susurró Damocles -. ¿No la ves?
-Claro que la veo- dijo Dionisio -. La veo todos los días. Siempre pende sobre mi cabeza, y siempre existe el peligro de que alguien corte esa delgada hebra. Tal vez uno de mis asesores envidie mi poder e intente asesinarme. O alguien pueda propagar mentiras sobre mí, para azuzar al pueblo en mi contra. Puede ocurrir que un reino vecino envíe un ejército para capturar mi trono. O puedo tomar una decisión imprudente que provoque mi caída. Si quieres ser monarca, debes estar dispuesto a aceptar estos riesgos. Forman parte del poder, como verás.
-Sí, claro que veo- dijo Damocles -. Ahora veo que estaba equivocado, y que tienes mucho en que pensar aparte de las riquezas y la fama. Por varo, ocupa tu lugar, y déjame regresar a mi casa.
Y mientras vivió, Damocles nunca más quiso cambiar de lugar con el rey, ni siquiera por un instante.




Nota: Próximo post sobre las virtudes: amistad.



Clave: El libro de la virtudes, William J. Bennett, Javier Vergara Editor S.A., 1995.



24/7/09

Virtudes: compasión

Así como el coraje acepta un desafío por los demás, la compasión acepta un desafío con los demás en sus momentos de desconsuelo. La compasión es una virtud que tiene en cuenta la realidad de otras personas, su vida interior, sus emociones, así como sus circunstancias externas. Las semillas de la compasión están sembradas en nuestra naturaleza humana. De Jean-Jacques Rosseau se puede citar: "la compasión es un sentimiento natural que, al moderar el egoísmo virulento del individuo, contribuye a la preservación de la especie. Esta compasión nos insta a acudir impulsivamente en auxilio de quienes están en desgracia". La compasión procura conservar esa prematura conciencia de que todos estamos embarcados en lo mismo, de que sólo nos movemos "por la gracia de Dios". Así la compasión se aproxima al corazón mismo de la conciencia moral, pues nos permite atisbar el yo del prójimo.

  • Si logro impedir que un corazón se rompa - Emily Dickinson (1830-1886)
Si logro impedir que un corazón se rompa,
no habré vivido en vano,
si logro aplacar un dolor,
o aliviar una pena,
o ayudar a un pájaro agotado
a regresar a su nido,
no habré vivido en vano.

  • El león y el ratón - Esopo
Un día un gran león dormía al sol. Un pequeño ratón tropezó con su zarpa y lo despertó. El gran león iba a engullirlo cuando el pequeño ratón ratón gritó:
-Oh, por favor, déjame ir. Algún día puedo ayudarte.

El león rió ante la idea de que el pequeño ratón pudiera ayudarle, pero tenía buen corazón y lo dejó en libertad.

Poco después, el león quedó atrapado en una red. Tiró y rasgó con todas sus fuerzas, pero las cuerdas eran demasiado fuertes. Dio un potente rugido. El ratón le oyó y corrió hacia ese lugar.

-Tranquilo, querido león, yo te pondré en libertad. Roeré las cuerdas .

Con sus afilados dientes, el ratón cortó las cuerdas y el león se zafó de la red.

-Una vez te reíste de mí - dijo el ratón -. Creías que yo era demasiado pequeño para ayudarte. Pero, como ves, debes la vida a un pequeño y humilde ratón.




Nota: Próximo post sobre las virtudes: responsabilidad
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Clave: El libro de la virtudes, William J. Bennett, Javier Vergara Editor S.A., 1995.