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2/11/11

Sol




Entre tus brazos
entre mis brazos
entre las blandas sábanas
entre la noche
tiernos
solos
feroces
entre la sombra
entre las horas
entre
un antes y un después.
                                        Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009)



... a joke...

8/8/11

Esperanza by Emily D.

Hope is the thing with feathers
That perches in the soul,
And sings the tune–without the words,
And never stops at all,

And sweetest in the gale is heard;
And sore must be the storm
That could abash the little bird
That kept so many warm.

I’ve heard it in the chillest land,
And on the strangest sea;
Yet, never, in extremity,
It asked a crumb of me.


Esperanza es esa cosa con plumas
que anida en el alma,
y sin palabras entona su canción
y nunca se calla,

Y más dulce se escucha en el vendaval;
e implacable debe de ser la tormenta
que pueda abatir a ese pequeño pájaro
que a tantos cobijo.

Yo lo he oído en las tierras más frías,
y en los mares más extremos;
mas nunca, en tanta adversidad,
me pidió una migaja.

EMILY DICKINSON (Nueva Inglaterra,1830-1885)


Esperanza. Definición de la RAE: estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos. 

El poema de Emily es hermoso con esa metáfora, esperanza/ave. Muchas veces hemos oído: "la esperanza es lo último que se pierde", y  así nos aferramos a ella a sabiendas que en determinados momentos no estará (se nos ha ido); y sólo nos queda un vacío - desolación -. 

Sabemos que la esperanza da sentido a la vida, permitiéndonos definir metas, alcanzarlas y caminar por la vida detrás de un ideal, superando obstáculos. Claro que todo esto puede quedar trunco; pues nunca faltará quién nos baje las esperanza de un golpe. Ya sea quienes nos rodean en nuestro trabajo, amistades o lo más común, por estos lares, nuestros gobernantes y dirigentes - siempre prestos con su inoperancia y/o desaciertos -. 

La esperanza conlleva tener confianza  en el presente y una expectativa firme en el futuro y tiene una relación cercana a la fe. En el pensamiento de Tomás de Aquino, ha sido definida como "virtud infusa que capacita al hombre para tener  confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para alcanzarla, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios". Para aquellos que no son creyentes, igual queda en cada uno, definir las metas, poseer la motivación necesaria para alcanzarlas y pensar sobre lo que quiere uno en la vida; a pesar de los sinsabores y de aquellos que tratarán de aniquilarla, ....  o de quitárnosla.

Si tenemos esperanza podemos planificar cómo superar los obstáculos. Por eso debemos buscarla, crearla y defenderla de quienes por haberla perdido - o no creer en ella - intentan desacreditarla.

Luego de este soliloquio, sólo me queda por decir que idolatro a Emily, siempre algún poema de Ella me hace vibrar; y que junto a Idea Vilariño, son mis preferidas.





26/8/10

Un Hombre y su coraza

El Hombre miró a la Mujer y trató de decirle que la quería, pero eran palabras que le costaba decir, pues con el transcurso de los años y las vivencias había incorporado como una coraza, con la cual había logrado no herir, y no ser herido. Al decírselo, la Mujer lo miró haciendo mohines y el Hombre sonrío (luego de tanto tiempo, lo hizo) y pensó que el ser querido por Ella era como recibir un tesoro y ello aquietó su espíritu.
El Hombre y la Mujer se fueron caminando, abrazándose, por la orilla del mar, absortos en sus pensamientos con la concordancia de saber que se tenían el uno al otro, y eso era un buen comienzo.









BONUS




.

11/11/09

Brasil, ¿también es conservador?

Luego de leer esta nota en El País, comencé a pensar que ocurriría por estas latitudes. El primer pensamiento sería que en las universidades públicas, tal vez no suceda; pero en algunas universidades privadas pudiera ser que a la posible "infractora" le hagan una llamada de atención (todo puede ocurrir).
Lo que si no puedo pensar (aceptar) es que por aquí, una estudiante reciba rechiflas, insultos y hasta agresiones por su forma de ir vestida. Tal vez estoy siendo ingenuo en pensar que, como grupo humano, podemos llegar a comportarnos en forma diferente a esos estudiantes brasileños. Se podría enumerar, como resalta la nota en Univisión , que es un bolsón conservador; pero brutos y retrogradas, hay en todas partes. Siempre hay excusas para demostrar un comportamiento vejatorio y poner como pretexto, " estaba vestida indecentemente".
Quiero pensar que en nuestras universidades, no, eso no. Pero tal vez peque de ingenuo y llegado el caso, sea más de lo mismo...

24/9/09

Beso (definitivo)

Nos besamos,
mas ese beso
no era para mí

Suspendimos el beso,
nos miramos,

me dí vuelta,
alejándome,
escuche insultos:
imbécil, maricón,
impotente,

pero tampoco
eran para mí
... al igual
que el beso

© Artus Jorguín


22/9/09

Idea inconclusa: beso

.......
Nos besamos,
mas ese beso
no era para mí.
Suspendimos el beso,
nos miramos
........
me dí vuelta,
me alejé.
Escuche detrás de mí
insultos:
imbécil,
maricón,
impotente.
Pero no eran para mí,
al igual
que el beso.

Nota: le falta un inicio y un mejor núcleo, espero darle una mejor forma. Hace un par de meses que está dando vueltas y la idea no termina de cerrar...

11/5/09

El crimen y la gloria del comandante Suzdal

La feminidad se volvió cancerígena.
Todas las mujeres del planeta empezaron a desarrollar cáncer al mismo tiempo, en los labios, los senos, la ingle, a veces en el borde de la mandíbula o el labio, las partes blandas el cuerpo. El cáncer tenía muchas formas, pero era siempre el mismo. Había algo en la radiación que les llegaba, algo que se internaba en el cuerpo humano y convertía una forma de desoxicorticosterona en una subforma -desconocida en la Tierra- de preñandiol, que infaliblemente causaba cáncer. El avance fue rápido.
Las niñas pequeñas murieron primero. Las mujeres se aferraban sollozando a sus padres y esposos. Las madres intentaban despedirse de los hijos.
Una mujer fuerte, una médica, tuvo el coraje de cortar tejido vivo de su propio cuerpo, ponerlo bajo el microscopio y tomar muestras de su orina, su sangre, su saliva, y obtuvo el resultado. No hay solución. Pero había algo mejor y peor que una solución.
Si el sol de Aracosia mataba todo lo femenino, si las hembras de los peces flotaban vientre arriba en la superficie del mar, si las hembras de las aves cantaban una canción más estridente y salvaje al morir sobre los huevos que nunca empollarían, si las hembras de los animales gemían en las guaridas donde se ocultaban del dolor, las mujeres no tenían que aceptar la muerte con tanta docilidad. El nombre de esa médica era Astarté Kraus.


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Las hembras humanas podían hacer lo que no estaba al alcance de las hembras de los animales. Podían cambiar de sexo. Con la ayuda del instrumental de la nave, se elaboraron grandes cantidades de testosterona, y cada muchacha y mujer sobreviviente se convirtió en hombre. Les inyectaron dosis masivas. Se les agrandaron las caras, volvieron a crecer un poco, les disminuyó el pecho, se les fortalecieron los músculos, y en menos de tres meses fueron hombres.
Algunas formas inferiores de vida habían sobrevivido porque no estaban lo bastante polarizadas hacia las formas masculina y femenina, que dependían de esa particular química orgánica para la supervivencia. Los peces desaparecieron, las plantas ocuparon los océanos, los pájaros se extinguieron, pero los insectos sobrevivieron; libélulas, mariposas, versiones mutadas de los saltamontes y escarabajos se extendieron por el planeta. Los hombres que habían perdido sus mujeres trabajaron codo a codo con los hombres que habían sido mujeres.
Cuando se reconocían, el encuentro era inefablemente triste. Marido y mujer, ambos barbados, fuertes, pendencieros, desesperados y ocupados. Los niños empezaban a comprender que nunca tendrían novia ni esposa, que no se casarían ni tendrían hijas. Pero ¿qué era un mero mundo para detener el agudo cerebro y el apasionado intelecto de la doctora Astarté Kraus? Se convirtió en el líder de su pueblo, los hombres y las mujeres-hombre. Los condujo a la supervivencia con fría racionalidad.
(Quizá, si hubiera sido una persona compasiva, los habría dejado morir. Pero la compasión no formaba parte de la personalidad de la doctora Kraus. Sólo era brillante, implacable, inexorable contra el universo que había intentado acabar con ella.)
Antes de morir, la doctora Kraus elaboró un sistema genético cuidadosamente programado. Pequeños fragmentos de tejido de los hombres se podían implantar mediante un procedimiento quirúrgico en el abdomen, dentro de la pared peritoneal, cerca de los intestinos; una matriz artificial, química artificial e inseminación artificial por radiación, por calor, permitieron que los hombres engendraran hijos varones.
¿De qué servía tener hijas si todas morían? La población de Aracosia siguió adelante. La primera generación sobrevivió a la tragedia, medio loca de pena y decepción. Enviaron cápsulas con mensajes sabiendo que sus relatos llegarían a la Tierra al cabo de seis millones de años.


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La tercera, cuarta y quinta generación de aracosianos todavía eran personas. Todos eran varones. Tenían memoria humana, tenían libros humanos, conocían las palabras “mamá”, “hermana”, “novia”, pero ya no entendían lo que significaban. El cuerpo humano, que en la Tierra había tardado cuatro millones de años en desarrollarse, tiene inmensos recursos, subterfugios mayores que los del cerebro, la personalidad o las esperanzas del individuo. Y los cuerpos de los aracosianos tomaron sus propias decisiones. Como la química de la feminidad significaba la muerte al instante, y como de vez en cuando una niña nacía muerta y era sepultada, los cuerpos decidieron adaptarse. Los hombres de Aracosia se convirtieron en hombres y mujeres. Se dieron el feo apodo de “klopt”. Como no tenían las gratificaciones de la vida familiar, se convirtieron en gallos de pelea que mezclaban el amor con el asesinato, que combinaban las canciones con duelos, que afilaban las armas y se ganaban el derecho a la reproducción en el ámbito de un extraño sistema familiar que ningún hombre decente de la Tierra habría encontrado comprensible.
Pero sobrevivieron.
Y su método de supervivencia fue tan drástico, tan contundente, que realmente resultaba difícil de comprender.
En menos de cuatrocientos años, los aracosianos se habían dividido en grupos de clanes rivales. No tenían más que un único planeta que giraba alrededor de una sola estrella. Vivían en un solo lugar. Tenían unas pocas naves espaciales que habían construido. Su ciencia, su arte y su música oscilaba con extraños espasmos de genio neurótico e inspirado, porque carecían de los elementos fundamentales de la personalidad humana, el equilibrio entre lo masculino y lo femenino, la familia, la función del amor, de la esperanza, de la reproducción. Sobrevivieron, pero se habían convertido en monstruos y no lo sabían.
A partir de sus recuerdos humanos, crearon una leyenda acerca de la Vieja Tierra. En ese recuerdo las mujeres eran monstruos que merecían la muerte, seres deformes que debían extinguirse. La familia, en ese recuerdo, era una obscenidad y una abominación que estaban dispuestos a exterminar donde quiera que la encontraran.
Ellos eran homosexuales barbados, con labios pintarrajeados, pendientes trabajados, cuidadas melenas y muy pocos viejos. Se deshacían de sus hombres antes de que éstos envejecieran; lo que no podían conseguir mediante el amor, el reposo o la comodidad, lo compraban con la batalla y la muerte. Compusieron canciones proclamándose los últimos hombres antiguos y los primeros hombres nuevos, y proclamaron su odio hacia la humanidad, y cantaron «Ay de la Tierra cuando la encontremos», ….




Cuando estaba redactando el post anterior y recordé a Cordwainer Smith, me entretuve en repasar algunos cuentos. Al detenerme en este, y ver el sufrimiento de esos seres humanos, con su locura a cuestas y su humanidad malograda, por el simple hecho de perder la dualidad macho-hembra y no poder seguir con el viejo juego de la seducción y reproducción, a la cual la naturaleza nos lleva, mezclando nuestros genes y creándonos; seres únicos con toda la complejidad que nos caracteriza, haciendo al varón y a la mujer iguales y distintos en todos nuestros matices.

Al perder esa dualidad, en la cual lo masculino y lo femenino se potencian uno al otro, posibilitando la fecundidad en todos los ámbitos, esa complementariedad. Entonces se entiende el dolor de esos seres, que los lleva a la demencia. Todo aquello que tiene que ver con la comunicación y con el amor, aquello que en las relaciones, dan sentido a la existencia humana, imbricadas con la sexualidad, extraviado, malogrado.

No debería estar haciendo disquisiciones sobre un párrafo, pero no deja de ser un ejercicio válido.

Un punto aparte sería la descripción del doctora, como algunos científicos, olvida su condición humana - ser perfectible - y solo ve objetivos que pueden no ser los correctos.

No es el cuento que más me gusta, puesto a elegir, me quedaría con: "La balada de G'Mell", o "El martirio de P'Juana", o "Los observadores viven en vano" y seguro que me olvido de otros.

Lo último que puedo decir es, Cordwainer era un grande y marcó una tendencia diferente a otros escritores de sci-fi.



Clave: El crimen y la gloria del comandante Suzdal, Los Señores de la Instrumentalidad, página 263, tomo I, Ediciones B, 1991.

24/4/09

Soliloquio sobre un Aforismo

Aforismo de Arthur Schnitzler

"No es el exceso de confianza, sino la escasez de fantasía, lo que hace tan difícil que el varón crea en la infidelidad del ser amado"


El pensamiento sería el correcto para un hombre del siglo XIX, pero después de leerlo y en los tiempos en que vivimos, la pregunta sería: ¿Será así, todavía? ¿Estamos los hombres tan faltos de fantasía (aquí, traducida como imaginación), que podemos creer en tal aseveración? Si me miro en el espejo, debo pensar que no. Aún sabiendo, que Uno tiene una visión distorsionada de sí mismo. Pero si miro en mi derredor, parece que nada ha cambiado. Hay hombres que se quedaron en el siglo pasado, otros siguen en el Medioevo y otros vaya uno a saber, si no son paleolíticos.

La pregunta, en cuestión, sería: ¿los hombres no sabemos, no podemos, no queremos, pensar a las mujeres como iguales? ¿Tanto nos cuesta verlas en un plano de igualdad? Así debe ser; si Uno se detiene a escuchar lo que dicen ellas, en referencia a nosotros.

Cualquier varón diría, "son puras quejicosas, no más", "viven demandando atención", y así una retahíla de obviedades. Pero si una persona nos está haciendo saber que se encuentra incomoda - por decirlo, de alguna manera -. ¿No deberíamos prestar atención al hecho?


Continuando con el aforismo, se pude inferir que el exceso de fantasía en un varón deviene en la existencia de un potencial Otelo. Seguro que me indicarían que lo que padecía Otelo, era un complejo de inferioridad, es válido; pero también poseía una imaginación frondosa.

Ahora bien, las mujeres, ¿ poseen abundancia de fantasía y es por ello que nos marcan de cerca; pensando en nosotros como infieles, netos? O tal vez como Cordwainer Smith describe, en la historia* de Dolores Oh y Magno Taliano, en uno de sus párrafos:

"Dita había estudiado la obra de los capitanes de viaje y sabía muy bien que si se dañaba el paleocórtex, la personalidad conservaba la cordura intelectual pero se volvía emocionalmente loca. Desaparecida la parte más antigua del cerebro, se desactivaban los controles fundamentales de la hostilidad, el hambre y el sexo. Los animales más feroces y los hombres más brillantes quedaban reducidos a un mismo nivel de afabilidad pueril en que la lascivia, el juego y un hambre implacable se trasformaban en la eternidad de sus días."

Esto serán los hombres, para ellas. Instintos básicos y poco intelecto. Poco trabajo del lado izquierdo del cerebro y mucho del derecho.

Lo que se puede asegurar es que nos estamos quedando atrás, como género, y las mujeres van por delante mejor adaptadas a los nuevos tiempos.

Todo esto por leer un simple aforismo de Schnitzler. Será mejor que deje de pensar en ello, o mi cerebro terminará abrasado como el de Magno Taliano.


Claves: * Los Señores de la Instrumentalidad, Tomo I, El abrasamiento del cerebro, página 233, Cordwainer Smith, Ediciones B. 1991